‘El Sombra. El día del sacrificio’, de Edu Molina. Por Juan Rodríguez

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Sí, no hay ninguna duda, El Sombra. El día del sacrificio es uno de los cócteles más extraños que uno puede encontrar hoy en día en el mundo del cómic. Lo miremos como lo miremos, es así. Y en un mundo en el que cada vez es más complicado encontrar auténticas rarezas, eso es algo que no tiene precio y que podemos elogiar con toda tranquilidad. Edu Molina abre la historia como si fuera un cómic de serie negra, y de hecho su protagonista, ese al que llaman El Sombra, es un detective de porte clásico y como tal se nos presenta. Pero eso es todo lo clásico que vamos a encontrar en estas páginas, quizá también algún momento de su dibujo, que aún así es algo completamente diferente de lo que podríamos enmarcar en esa etiqueta. A partir de ahí entra en juego la locura, la ciencia ficción, la política, un humor irreverente y un sinfín de elementos que parecen imposibles de contener en un único tebeo pero a los que Molina da una forma extraña y atrevida de la que se puede esperar, literalmente, cualquier cosa. No es una propuesta convencional, desde luego, y eso mismo hace que la leamos con la ceja arqueada, esperando algo diferente y recibiendo algo totalmente inesperado. No merece la pena pensar a que se parece El Sombra, solo disfrutar con su diferencia, que es realmente lo que destaca en este peculiar tebeo.
Molina recupera un espíritu que, de alguna manera, parecía perdido. Da la sensación de que, dentro de su rareza, es una historia de aquellas que podríamos haber leído por entregas en Heavy MetalCimoc o 1984, con esa estructura algo caótica por vocación y no por equivocación, esos personajes extremos y casi contrapuestos los unos con los otros, esa particular ciencia ficción con tintes políticos y esos escenarios imposibles de clasificar. Y todo con esa brutal selección de citas literarias que van guiándonos por las emociones que tiene que generar la obra. La cuestión es que nunca sepamos lo que va a pasar a continuación, aunque al llegar al final tengamos la clara sensación de que algo intuíamos sobre lo que podía suceder al final. Y ese final, un clímax bien preparado y medido, es la conclusión perfecta, lógica y hasta cínica que merece el planteamiento que el autor ha ido haciendo desde el comienzo. No es fácil saber si Molina nos ha ido conduciendo por un camino sencillo o si en realidad nos ha ido engañando con inteligencia para que pensemos que ha sido así. Nos demos cuenta o no, eso lo que quiere decir es que nos ha obligado a que le demos otra vuelta a su tebeo, a que revisemos cada página, cada personaje, cada suceso y el escenario en su conjunto para seguir describiendo cosas.
Eso también pasa con su dibujo. La sensación noir procede de la naturaleza de su protagonista, pero también de su primera secuencia, una magnífica introducción sin diálogo y sin sonido, y por supuesto de su poderoso blanco y negro, en el que destaca precisamente la negrura de las tintas para marcar formas y generar sensaciones.  Con un tomo levemente caricaturesco que, dentro de su personal estilo, a veces nos recuerda levemente a lo que el genial y añorado Azpiri era capaz de hacer, pero con una presencia mucho más sucia y que evita el encanto que tenía el autor español. No, El Sombra no quiere ir por el mismo camino, y no lo hace, pero sí que es verdad que por momentos puede generar parecidos en la mente del lector. Muchos, los ya mencionados y otros más, porque probablemente no hay otra forma de entender una historia en la que salen mariachi, luchadores, detectives y ejércitos de élite. Es, obviamente, algo distinto y eso se aprecia casi desde el principio. Una vez que el cómic se muestra como una amalgama de géneros e intenciones, lo mejor es dejarse llevar y disfrutar con una propuesta muy diferente, con un nivel de riesgo bastante apreciable por el fondo más que por la forma y que se acaba convirtiendo en uno de esos tebeos que, puestos a encontrar un casillero en el que sí podría encajar, no deja a nadie indiferente. Pero en general, para bien.
El contenido extra lo forman una introducción de Jesús Jiménez y un portafolio de ilustraciones de Edu Molina.
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