‘Pepe Buenaventura Durruti’, de Juanarete y Carlos Azagra. CÓMIC PARA TODOS. Juan Rodríguez

La acción revolucionaria y sindical parece cosa de otro tiempo, de años en los que la lucha parecía ser el único camino para muchos, incluso sobrepasando fronteras que hoy parecen impensables en cuanto a violencia y muerte. Leyendo Pepe Buenaventura Durruti uno descubre ese mundo de otra era y tiene una muy agradable sensación de viajar en el tiempo, de llegar a una época hace un siglo en la que todo parece diferente… y sin embargo cercano. El trabajo de escritura y documentación de Juanarete, seudónimo de Juan Pérez, es notable, porque nos mete de lleno en la vida del personaje incluso aunque cada uno de los acontecimientos que se van narrando parezcan, efectivamente, de otro tiempo. Y Carlos Azagra, como siempre con el color de Encarna Revuelta, demuestra una vez más lo bien que se lo pasa con este tipo de cómics biográficos, como ya hiciera con TeBeO Labordeta (aquí, su reseña). No es este un cómic fácil porque tiene un ritmo frenético y describe una lucha que ha de entenderse con un necesario ejercicio de contextualización y no tanto con la empatía directa, pero tiene bastante mérito precisamente por esa complejidad de abarcar tanto y tan distinto a nuestro día a día, porque esas dificultades no esconden que es una buena biografía y un buen retrato de época.
Y, por qué no decirlo también, es una delicia que se siga buceando en figuras que son grandes desconocidos para casi todo el mundo, a pesar de haber jugado un papel significativo en la historia de España, y en una además relativamente reciente, puesto que el guion de Juanarete arranca en 1903 y finaliza en 1936.cuabdo España está ya inmersa en su episodio histórico más terrible, la Guerra Civil. Teniendo en cuenta la tormentosa vida política, social y laboral de aquellos años, se entiende que Juanarete haya tenido que hacer una labor de síntesis brutal, con saltos temporales notables incluso de viñeta en viñeta, porque es la única manera en la que consigue abarcar una visión verdaderamente global de la figura de Durruti y de la acción sindical en su tiempo. Es verdad que ese mismo ritmo puede dejar la sensación de que se están escapando cosas y que la trascendencia del propio Durruti y de algunos de sus compañeros de fatigas no cuenta con el tiempo en escena que necesitan, pero la narración funciona aceptablemente bien siempre, hasta dejándose llevar por la cadencia del relato como si fuera una de esas escenas cinematográficas en las que la música nos conduce por una sucesión rápida de eventos sin necesidad de detenerse demasiado en ellos. Esa es la clase de ritmo por la que apuesta Juanarete, pero sin evitar diálogos que la complete.
Esa manera de narrar le va bastante bien a Azagra, que sabe meter todo lo que tiene que meter en viñetas de pequeño tamaño, pero también sabe aprovechar las ocasiones en las que el escritor le deja respirar, como en la splash page doble con la que retrata el 1 de mayo de 1931 en Barcelona o el brutal combate en el Hospital Clínico de Madrid de noviembre de 1936, toda una explosión del estilo de dibujo y composición del ilustrador. Con un ritmo prolífico, Azagra lleva tiempo demostrando hasta dónde puede llevar su manera de dibujar y Durruti es una muy buena muestra de ello. El tebeo en su conjunto es algo que merece la pena leer desde muchos puntos de vista, pero que sobre todo cautivará a quienes gusten de sumergirse en esa historia nuestra que, en el fondo y a nuestro pesar, sigue siendo una perfecta desconocida. Se agradece la valentía de entrar en terrenos que hoy en día son políticamente pantanosos, y que se haga además desde una voluntad documental notable. Hay una gran historia en la vida de Durruti que Juanarete y Azagra han sido capaces de contar, pero también es Historia con mayúsculas a la que este tebeo contribuye a enganchar. Ese es su gran mérito, que del cómic se tienen ganas de pasar a otras fuentes para completar los saltos temporales que hay en este trabajo.
El único contenido extra es una introducción de Manel Alsa Pámpola.
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